martes, 30 de septiembre de 2014

Nicole de la cabina

Por si alguien del sector no se ha enterado, hoy es el día internacional de la traducción y todos los traductores comparten en redes sociales la imagen de San Jerónimo y su calavera. Ya sé que, técnicamente, también es el día de los intérpretes, no en vano la mitad de los clientes nos llamará siempre traductores, pero...
¿Es que no tenemos un santo propio?

Ya está aquí la que quiere separar la traducción de la interpretación, con lo bien que se llevan las dos. No, no es eso. De hecho, es la pregunta que me ha hecho la persona para la que interpretaba hoy. Al comentarle lo del día de la traducción, primero se ha reído y luego me ha dicho muy serio: ¿No tenéis santos? ¿Ninguno? ¿Ni una sola persona buena o al menos maja que os represente a todos como colectivo?

Normalmente se habla de los juicios de Núremberg como el nacimiento de la interpretación simultánea moderna pero la historia está llena de intérpretes de enlace y consecutiva anónimos, más o menos profesionales, que han estado en todos los saraos pero que han pasado sin pena ni gloria por los textos o el recuerdo. Si nadie les conoce, entonces, ¿a quién podemos nominar para el cargo? ¿A Nicole de las cabinas?

La muchacha con los cascos de un modo poco convencional.
Te puede gustar o no la película pero, tenemos que admitir que La intérprete sí ayudó a que la gente conociese un poco más la profesión. De acuerdo, no me convence del todo el modo en el que nos representa y en el fondo solo habla del trabajo en organismos internacionales, pero que levante la mano al que no le hayan mentado a la rubia al menos una vez después de decir que es intérprete.

No es por ser friki pero...bueno, sí, ¿para qué engañarnos? Vale, otra opción que acabo de leer en Twitter podría ser la de alzar como icono y símbolo del día del intérprete a un currante con una combinación de lenguas impresionante y difícil de superar: C3PO en la Guerra de las Galaxias o Star Wars.

Hola, yo venía a hacer una susurrada.

El pobre nos representa bien: trabaja en condiciones que no siempre son las deseadas, viaja bastante, es una fuente constante de información extraña y a menudo inútil, no le suelen hacer demasiado caso, le toca hacer susurrada en circunstancias muchas veces poco agradables, tiene un compañero y se queja de que nadie le entiende.

¿A esto llaman micrófono?
Después de este momento friki, si me permitís volver a la interpretación que me ha tocado esta mañana, una de las frases que he oído me ha parecido curiosa: "las entrevistas son como citas. Dos desconocidos se reúnen, hablan y la cosa puede ir bien o salir fatal".

Si eso es verdad, entonces, ¿qué pasa con el intérprete en las entrevistas? ¿Somos la amiga que les presenta o la casamentera de turno? 

Se lo pregunté en el descanso y se echó a reír de nuevo, tras lo que me dijo:
- En ese caso es lógico que no tengáis santo.

¿Tendría dotes de intérprete La Celestina? Desde luego, a la Malinche no le dio buen resultado lo de fusionar trabajo con la búsqueda de pareja.


viernes, 12 de septiembre de 2014

El límite del estudio

Hay pocas cosas que tenga tan claras en esta profesión como la necesidad de preparar a fondo un tema antes de una interpretación. Es una de las cosas que me gustó de este trabajo, me gusta estudiar, aprender cosas nuevas y verme obligada muchas veces a leer sobre temas que sin un apoyo externo no habría tocado ni con un palo en toda mi vida.

Sin embargo, cada vez que me enfrento a un proyecto de interpretación que requiere mucho estudio me planteo la siguiente respuesta: ¿Hasta qué punto debo dedicarle horas? Parece fácil cuando eres estudiante en la universidad, te toca estudiar todas las horas que tienes libres para sacar una buena nota. Hasta ahí la cosa no cambia, el estudio en el trabajo también tiene un fin concreto: dar un buen servicio. Sin embargo, en el ámbito profesional entran otros factores en juego. En primer lugar, el estudio forma parte de ese proyecto y te van a pagar por hacerlo por lo que debe ser rentable. ¿A qué me refiero con esto? Muy sencillo, la tarifa que facturo debería cubrir el tiempo durante el que interpreto y el tiempo de preparación del tema. Parece sencillo y hasta básico, pero el problema surge cuando para estudiar un tema tengo que dedicarle tanto tiempo que si hago números la tarifa ya no es tan interesante.

De ahí mi pregunta: ¿dónde está el límite que debo imponerme al estudiar un tema?
Los problemas a los que nos podemos enfrentar suelen ser:

- Falta total o casi total de material. Muchos diréis que es una contradicción, si no hay material no hay nada que estudiar pero generalmente eso no es así. No puedes ir a un congreso sin saber absolutamente nada, te arriesgas a quedarte en blanco a la mínima y aunque no es culpa tuya no haber recibido las ponencias, no es plato de buen gusto verse en esa situación. A las malas, si no recibes nada, lo que haces es una auténtica labor de investigación en base al programa del evento y tiras del hilo hasta donde llegues. Lo malo en estos casos, es que sin una guía puedes ponerte a estudiar hasta el final de los tiempos, porque cada tema lleva a otro y así hasta el infinito. Eso desde luego no está pagado por muy buena que sea tu tarifa.

- Exceso de material. Los extremos son malos, ni mucho ni poco, lo que necesitamos es la cantidad justa pero, como todo en la vida, no siempre obtenemos lo que queremos. Algunos clientes te mandan tantos documentos, libros, presentaciones, carpetas con archivos, que es imposible hacer frente a todo. A veces le dedicas más de tres días a un proyecto que supondrá ni media jornada. No compensa a menos de que te interese mucho el cliente o el tema.

Sin embargo, ¿cómo decir que no a un trabajo interesante? ¿Cómo negarse a estudiar algo nuevo?

y sobre todo ¿cómo gestionar el estudio para que sea más rápido y eficaz? Últimamente estoy leyendo sobre técnicas de estudio, lo que es un regreso a los viejos hábitos universitarios. Tengo la suerte de no haber perdido del todo la costumbre de estudiar de la facultad pero es complicado cuando tienes varios proyectos la misma semana. La idea de ir a una interpretación sin estudiar me resulta impensable, pero a veces cuando llevo más de 200 términos anotados en el glosario de un proyecto me pregunto: ¿dónde está el límite? ¿Se dará cuenta el cliente del trabajo que hay detrás de una interpretación bien hecha?

Mientras tanto, estos son mis nuevos aliados, no solo de post-it vive la intérprete:

Marcapáginas de todos los colores


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