sábado, 1 de febrero de 2014

La curvatura del espacio-tiempo en cabina

En ocasiones me encuentro en cabina con el fenómeno del milagro de los minutos, también conocido por otros nombres, motes y epítetos. ¿En qué consiste? Bueno, se trata de los casos en los que algunos ponentes (no todos) deciden que la teoría de la curvatura del espacio-tiempo de Einstein no iba tan desencaminada porque el tiempo que se les ha asignado para su charla es definitivamente relativo.

Todo esto empieza muchas veces con un error de programación, es decir, con un fallo al calcular que en una hora y media puedes tener a cuatro o cinco ponentes y asumir que ninguno de ellos va a tener un fallo técnico o que se va a pasar unos minutos del tiempo. Generalmente el primer ponente tiene todo el tiempo del mundo y el resto ve poco a poco como su momento se va reduciendo peligrosamente ante sus ojos.

El segundo error de planteamiento es el no tomarse la molestia de pensar en el público a la hora de preparar el discurso. Muchos ponentes (insisto, no todos) reciben el encargo de hablar durante quince minutos, les dan un tema más o menos concreto y unos días, meses o semanas para que lo preparen. Vamos a poner un ejemplo para verlo con más claridad: el ponente A tiene que hablar sobre el impacto que ha tenido la apertura de una estación de tren en un barrio con problemas económicos. Lo suyo es hablar un poco sobre la situación del barrio antes y después de la apertura de la estación, dar algunos datos, mostrar algunas tablas en las diapositivas, plantear algunos ejemplos concretos y dejar espacio para las preguntas y respuestas. El problema viene cuando dicho ponente A decide que aunque tiene 15 minutos, no vendría mal contar la historia del ferrocarril en España desde sus inicios, luego dar absolutamente todos los datos demográficos, con sus estadísticas completas sobre el barrio, contar el número de polideportivos que tiene, si en el 2008 además fue elegido el barrio con las mejores tintorerías y ya de paso hablar sobre los presupuestos municipales de los últimos siete años, esa disputa por terrenos que mantienen con el barrio de al lado y como uno de sus equipos de fútbol tiene opciones de ganar el próximo partido de la Copa del Rey. Toda la información tiene que ver con el barrio, eso es verdad, pero son datos que ha escrito en un documento de 35 páginas, con elaboradas fórmulas más propias de algunos premios Planeta. Por supuesto, el ponente A no ha leído en casa esas 35 páginas en voz alta para ver si quedan bien o suenan algo pomposas, tampoco ha calculado el tiempo que le lleva recitar esas páginas y no tiene ni idea de si se ciñe a los quince minutos marcados o no pero se siente satisfecho por el trabajo realizado.

Ahora llega el momento de la verdad: la conferencia. Personas de medio mundo han acudido y quieren intercambiar casos prácticos sobre cómo combatir la falta de motivación en barrios en situaciones complicadas. Se fusionan nuestros dos errores y empieza la tercera mesa redonda de la mañana con cinco ponentes, cada uno de una ciudad diferente y con una historia propia. El ponente A es el tercero, así que cuando le llega el turno los otros dos ya se han comido la mayor parte de la hora y media asignada a la mesa y el moderador le informa de que tan solo dispone de 10 minutos, aunque sería mejor si solo hablase cinco y dejase espacio para la pausa de la comida.

En realidad es bastante injusto para el ponente A, porque ha perdido tiempo que le correspondía y cinco minutos no permitirán explicar bien lo que ha pasado en su barrio. Eso no lo voy a negar.

Aún así el ponente A no se viene abajo y saca su taco de 35 folios y avisa al público que dado que no tiene tiempo va a proceder a leer a toda velocidad las páginas, que lo siente por los "traductores" pero que es lo que hay. En efecto se pone a leer a toda marcha, sin apenas hacer pausas para respirar, acelerando el ritmo aún más cada vez que el moderador le avisa que se queda sin tiempo, sin levantar la vista del papel, sin resumir, recortar o cuidar de la presentación de ideas e ignorando las miradas asesinas de sus intérpretes.

A todo esto, el público está en la sala recibiendo el discurso sin enterarse de mucho. Es bastante frecuente que después de uno de estos ponentes, se te acerquen los asistentes en el descanso y te comenten:

- No sé cómo le habéis podido traducir, me costaba entender esa charla a mi y es mi propia lengua.

Esto pasa tanto con ponentes que hablan en castellano como en inglés y es una pena, en primer lugar por el público, que suele desconectar al cabo de dos minutos si el ponente se limita a leer a toda caña un texto escrito y pensado para una lectura sosegada y no para un auditorio. Muchas veces, las ideas son buenas, los ejemplos interesantes y se pierden por el camino debido a una pésima presentación.
Finalmente, si me lo permiten, también querría recordar que los intérpretes no somos el enemigo a batir, somos una herramienta de comunicación, nos limitamos a transmitir en otra lengua el mensaje y lo que queremos es hacer nuestro trabajo lo mejor posible.

Recientemente un ponente nos dijo: "Voy a dar solo dos ideas claves, con sus ejemplos y voy a hablar despacio y de forma clara porque mi hijo es intérprete y se queja mucho de lo mal que hablan los ponentes, así que quiero ayudaros porque mi objetivo es llegar al público"


Somos un equipo, aún así somos conscientes de que siempre existirán ponentes metralleta o correcaminos, convencidos de que el tiempo es realmente flexible y que el milagro de convertir cinco minutos en media hora es factible.


Ponente A y su intérprete

3 comentarios:

Iván dijo...

Me ha encantado tu artículo, tan ajustado a la realidad. Lo malo es que aparte de los intérpretes casi nadie parece tener la sensibilidad necesaria hacia este problema que tan bien expones (y mira que va en contra de los ponentes y de su audiencia).

Ya si además de este artículo me hubieses invitado al brunch / comida / merienda / cena de intérpretes te habría pedido en matrimonio.

Aida dijo...

Quizás por eso no te invité ;)

Iván dijo...

Desde luego es que no sabe uno cómo acertar...