martes, 8 de mayo de 2012

Un $#@*! y yo con estos pelos

Mi primera profesora de interpretación trabajaba principalmente con presidentes y ministros, en reuniones con prensa y discursos cuidados al milímetro. Quizás por eso cuando le preguntamos qué hacía cuando el ponente decía una palabra malsonante, nos aseguró que eso no iba a pasar.

Mi segundo profesor conocía más el entorno en el que tiene que trabajar el intérprete autónomo y me respondió que hay varias opciones:

· Es poco probable pero a veces la gente suelta tacos que no representan información prioritaria y por tanto se pueden omitir. Por ejemplo, el ponente quiere poner un vídeo durante su presentación pero no consigue entenderse con el portátil y suelta un sentido $#@*. En ese caso no es necesario informar al público, porque la expresión del rostro del ponente ya ha comunicado su estado de ánimo.

Un poco exagerado pero todos nos
hemos cabreado con el portátil alguna vez
· Si las palabrotas forman parte del discurso del ponente entonces nos enfrentamos a una cuestión muy diferente y cada intérprete debe tomar una decisión: interpretar o no interpretar.

Ese mismo profesor me enseñó que mi labor era comunicar y que por ese motivo mi objetivo era que el público que escuchaba el discurso en el idioma original y el que escuchaba la interpretación debían recibir la misma cantidad de información. Si sigo ese consejo queda claro que también debo interpretar las palabrotas.

No es una decisión que haya tenido que tomar en muchas ocasiones pero me he encontrado con algunos casos curiosos.

· Al terminar una ponencia sobre la crisis económica, uno de los asistentes pidió el micrófono para hacer un comentario y se dedicó a proferir todos los insultos conocidos dado que opinaba que el ponente no tenía ni idea del tema. Mientras se producía una batalla verbal digna de una saga cinematográfica, el moderador optó por informar al resto acerca de la ubicación de las mesas con café. En ese caso, mi compañero resumió brevemente el acalorado debate y se centró en la información práctica.



· No todo son palabrotas, también están los chistes verdes o de difícil traducción. En unas jornadas financieras el moderador, consciente de la tensión en la sala, pensó que no era mala idea arrancar las presentaciones de cada una de las mesas con un chiste subido de tono. Cada chiste duraba más de cinco minutos y nos dimos cuenta de que no podíamos tener a los asistentes sin interpretación tanto tiempo. Lo curioso fue cuando llamaron a la puerta de la cabina. Una de las directoras de proyectos de la agencia que nos había contratado estaba en la sala y quería saber si pasaba algo porque mi compañero llevaba un minuto interpretando un chiste de dudoso gusto.
En otras ocasiones los chistes tienen gracia en castellano pero no es posible interpretarlos sin tener que hacer una larga nota del intérprete. Por ejemplo, en una conferencia el presentador preguntó al público:

- ¿Cómo se dice funcionario en francés? Baguette.

El intérprete optó por una socorrida formula:

- Por favor, ríanse, el presentador ha hecho una broma.

Sí, yo tampoco le veo la gracia.

¿Qué opción es la más correcta? 

Para que podáis tomar una decisión os voy a proponer un ejercicio que uso en el curso. Esta es la presentación de los nuevos vuelos de Ryanair en Alemania. El consejero delegado de la aerolínea de bajo coste pone a su intérprete en un aprieto. El vídeo está en inglés y alemán, no es necesario saber alemán pero si alguien quiere la transcripción del inglés puedo ponerla luego en comentarios. Pero, os aviso que contiene $#@*!

¿Qué harías vosotros en su lugar?




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