jueves, 19 de abril de 2012

Una intérprete en la carretera

Esta historia es una obra de ficción, está basada en algunos hechos reales y goza de cierto grado de exageración, sin el que la vida no tiene color. Es un relato de viaje, nada más. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia (o no) y las situaciones son producto de la imaginación de una intérprete cansada.

Erase una vez una intérprete que quería salir a conocer cabinas fuera de Madrid. Un compañero le ofreció la oportunidad de ir a trabajar a una ciudad cercana.

¿Qué mete una intérprete en la maleta? Pues mil trastos, exactamente igual que cualquier otro ser humano. Ropa de trabajo, el portátil, los cuadernos de notas (por si acaso), un pelotón de bolígrafos, un paquete de post-it para decorar la cabina, el pincho de conexión, cascos propios, glosarios y una bolsa con barritas de chocolate y botella de agua. Vamos, que para un día de interpretación, la muchacha llevaba media casa y le faltaba el bocata de tortilla y la gallina bajo el brazo.

El cliente pagaba el desplazamiento, alojamiento y dietas de los dos intérpretes pero tenían una cantidad limitada para los gastos, así que optaron por ir a un hostal muy económico. Lo malo de no conocer la ciudad es que no se dieron cuenta de que estaba en la otra punta y que tendrían que pedir un taxi para poder ir a trabajar.
Tampoco es que ese sea un problema terrible. Tras pedir el número, ella llamó para reservar un taxi para la mañana siguiente y mantuvo una de las conversaciones más extrañas que había tenido:


- Buenas noches, quiero pedir un taxi para mañana a las 8:00. Estamos en la calle XX y vamos al centro de conferencias de la ciudad.
- Esa calle es peatonal.
- ¿Puede decirme en qué calle deberíamos esperar el taxi?
- ¿Conocen la ciudad?
- No.
- Entonces no les voy a decir la calle, no sabrán encontrarla.
- Tengo Google Maps, puede ponerme a prueba.
- No. Llame mañana.
- Es importante que lleguemos puntuales, ¿puede enviar un taxi a esa hora a la calle más cercana?
- Tampoco será tan importante ser puntuales, vamos, digo yo que cada uno llegará a la hora que quiera. ¿Qué van a hacer allí?
- Somos intérpretes, bueno, los traductores y tenemos... ¿nos van a enviar un taxi mañana?
- No, si no me dice una calle no podemos enviarle un taxi.

A la mañana siguiente.
- Hola, necesitamos un taxi, estamos en la calle YY esquina con ZZ.
- ¿Tienen cerca algún bar?
- Sí, el bar La Paloma.
- Con eso basta, un taxi para La Paloma.


Finalmente llegaron al centro pero tenían que pasar por un control de seguridad que no es que estuviera en la puerta, básicamente se podría decir que estaba al lado de la carretera, por lo que hacía un frío considerable.
- ¿Quiénes son?
- Los intérpretes.
- ¿Vienen de prensa?
- No, somos los intérpretes de conferencia.
- ¿?
- Los traductores.
- Ahora mismo llamo.

Después de un buen rato en el que pudieron comprobar que el frío no rejuvenece precisamente, les llevaron hasta la cabina y ahí desaparecieron todos sus males. Les tocaba trabajar en una cabina fija, con sillas cómodas y un equipo que no habían visto antes. A ella le hizo tanta ilusión ver algo nuevo que se puso a hacer fotos.


En realidad son dos sistemas fusionados.




Los canales de audio arriba, un botón central de encendido y apagado,
botones para elegir cada micrófono y la fuente de sonido.


Aunque no se usaron, estos eran
los micrófonos originales de la cabina

Al terminar la jornada de interpretación, sin incidencias, todos los asistentes abandonaron la enorme sala. La interpretación había salido muy bien y los técnicos se marcharon en dirección a la cafetería, porque habían preparado mesas para comer. Los intérpretes tenían que regresar a Madrid, porque allí les esperaba otra cabina al día siguiente. Lógicamente, ella no quería arrugarse el pantalón de trabajo mientras viajaban, por lo que aprovechó que la cabina se había quedado vacía y que todos se habían ido a comer. Sacó los vaqueros de la maleta y ya se había quitado una bota cuando de repente aparecieron todos los técnicos y sus amigos, daba la impresión de que habían fletado autobuses con extras para llenar las dos cabinas adyacentes de hombres curiosos. Ni corta ni perezosa, la intérprete volvió a ponerse la bota y descubrió que aunque en las películas las mujeres se cambian de ropa en los baños públicos, en la realidad, hacer algo así es todo menos fácil o divertido.



1 comentario:

Esther Moreno Barriuso dijo...

Uy uy uy...esto suena muy a ciencia ficción...¿no lo habrás soñado? ;-)

Aunque la verdad es que se parece bastante a la sala de conferencias que yo también he fotografiado y publicado...

Una entrada muy divertida...¡qué sería de la interpretación sin estas historias colaterales!