martes, 7 de febrero de 2012

Una intérprete al otro lado del espejo

Creo que ya comenté en una de las primeras entradas que me encanta el libro de Los tres mosqueteros pero no sé si he dicho que el libro que más me gustó de niña fue el de Alicia en el país de las maravillas. Hoy me he acordado de ese libro  porque una compañera de cabina me comentó hace poco que a menudo esta profesión te ofrece la posibilidad de ser Alicia durante unas horas para que atravieses el espejo (al entrar en la cabina), salgas de tu vida cotidiana  y pases de puntillas a otros mundos a los que, de lo contrario, no tendrías acceso.


Hace unos meses una lectora del blog me dijo en un correo que daba la impresión de que solo hago interpretaciones divertidas y de temas amenos. Me temo que no es así, hago un poco de todo, aunque tengo la enorme suerte de poder trabajar con algunos clientes fantásticos que me permiten no solo ver exposiciones sino que además me ofrecen la opción de descubrir todos los detalles, la historia detrás de cada cuadro, cada fotografía, cada instalación. He podido ver cómo se organiza una entrega de premios desde detrás del telón o como se hacen las entrevistas en las suites de los hoteles más caros de esta ciudad. He vivido la magia de la radio y el mar de cables que requiere la televisión. He paseado por los pasillos de Telecinco (sí, esos por los que Jorge Javier persigue a las tertulianas indignadas) y he tenido la oportunidad de sentarme a hablar con gente a la que admiro. Y no es solo eso, esta profesión, de la que me declaro fan, me ha regalado momentos únicos, como poder sentarme en un descanso a hablar del Corazón de las tinieblas y las hermanas Brontë con Siri Hustvedt  o caminar con Ron Galella por la Gran Vía.
Durante unas horas me deja ver otros mundos, muy diferentes al mío y aprendo continuamente cosas nuevas. No todas son interesantes pero me enriquecen (y mejoran mis opciones de ganar al trivial).

No todo es de color de rosa en este trabajo, apenas se habla de las horas de conferencias aburridas, de los ponentes que hablan durante cuarenta minutos sin decir nada o los que dicen tanto que  no hay forma de seguirles. Hay días pesados, días menos estelares y como en todo trabajo, hay días frustrantes. Pero si lleno el blog de esas cosas acabaría deprimida y vosotros hartos.

Lo que más me gusta del trabajo es la gente con la que interactúas. La traducción me resulta más solitaria, la interpretación es social. Desde personas de protocolo, organizadores y directores de prensa, hasta entrevistadores, fotógrafos, técnicos de sonido y ponentes. Cualquier trabajo puede tener algo curioso, el factor sorpresa que hace que ninguna jornada sea igual a otra. El trabajo en equipo en cabina es lo mejor de todo. Nada como reír con tu compañero porque hay dos ponentes que están a punto de llegar a las manos antes del descanso para el café o esas miradas extrañadas cuando al presentador le da por contar chistes. Cada proyecto tiene su magia, sus bromas, su truco. Mientras estás ahí es como si el mundo real desapareciese (porque tienes que concentrarte solo en lo que pasa en esa sala).

A veces lo veo muy claro, como una jornada en el que un ponente decidió sortear una botella de una deliciosa bebida espirituosa y otro daba las gracias al Real Madrid por ganar el último partido (y el técnico de sonido asentía), ese día la realidad nos sorprendió en la cabina, porque las noticias internacionales se colaban por el Twitter. Pero mientras estoy al otro lado no quiero saber nada, ya tendré que leer la actualidad al regresar a casa (porque mañana será tema de conversación en la siguiente interpretación)

No hay comentarios: