lunes, 14 de noviembre de 2011

La importancia de llamarse Ernesto (traductor o intérprete)

La semana pasada tuve la suerte de poder trabajar como intérprete en la jornada "Ilustradores y otros creadores en la era digital" organizado por la APIM y me llamó la atención una cosa. Aparte de todo lo que aprendí sobre los derechos de edición digital, ese nuevo mundo que no solo interesa a los ilustradores o editores, sino que también debería interesar y mucho a los traductores, descubrí que hay cuestiones, problemas que compartimos en diversos sectores.

Desde el hecho básico de que somos autónomos y nos enfrentamos a las mismas dudas cuando empezamos nuestra andadura en el mercado, las peleas con algunos clientes para fijar tarifas dignas, la protección de nuestro trabajo (copyright, derechos de edición, etc.) y el hecho de que no somos profesiones estándar.
¿A qué me refiero con eso? Siempre han existido traductores e intérpretes, muchos historiadores de la traducción aseguran que somos una de las profesiones más antiguas del mundo y sin embargo, cuántas veces nos enfrentamos al desconocimiento de lo que hacemos y no solo por parte de la gente en general, sino en muchas ocasiones por nosotros mismos.

Todos conocemos ejemplos de personas que consideran que si chapurrean decentemente dos idiomas (y a veces ni siquiera decentemente) pueden y deben traducir textos. La interpretación solía dar más respeto pero últimamente ni eso. En más de una ocasión me han dicho en las fiestas de amigas: "¿eres traductora? Yo quiero hacer traducciones, ya sabes, por sacar un extra a final de mes, ¿me pasas el teléfono de tu editorial?"
Y en una ocasión me llamó una conocida: "Estoy traduciendo un libro, necesito que me digas que diccionario usas, porque solo tengo un Collins pocket y seguro necesitaré algo más grande. Si veo que hay partes muy difíciles ya te las paso y así te sacas un dinerillo".

La formación es fundamental pero hay algo aún más importante y es el respeto a la profesión. Eso empieza por entender qué es y la dificultad que entraña. Ya sé que no es cosa únicamente de los traductores, los propios ilustradores lo dejaron muy claro. En la charla hablaron sobre la situación de su sector en varios países y lo que comentaban me sonaba familiar. Uno de los ponentes dijo que él tiene problemas para explicar a la gente, incluso a sus amigos cuál es su profesión, que muchos creen que es pintor o que hace dibujo técnico. Algunos podrían pensar que tampoco es para tanto, que al final todo está relacionado, pero a veces esas diferencias sí que tienen sentido. No es lo mismo ser traductor que intérprete. Se pueden ser las dos cosas, como servidora, pero es importante saber las diferencias.

Yo siempre entro en las salas de conferencia y me presento diciendo que soy la intérprete. En muchas ocasiones me miran sin entender nada, en algunas se preocupan y generalmente acaban asintiendo y diciendo: "sí, la traductora". Hace poco un organizador al oírme sonrió y me dijo: "es verdad, la traductora, aunque os empeñáis en llamaros intérpretes".

Y de ahí el título, la importancia de usar el nombre correcto, porque como decía Gwendoline:
"Hay en este nombre algo que inspira una absoluta confianza"


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