jueves, 13 de octubre de 2011

Por esos maravillosos profesores

Inicio de curso y no he podido evitar acordarme de aquellos profesores que marcaron las decisiones que me han llevado hasta donde estoy (al menos por ahora). Todos nos acordamos de los profesores horribles que hemos tenido, de aquellos que no sabían ni de qué iba la materia y de los que aparecían en clase con mallas rosas neón porque venían de clase de aerobic (y era un profesor). Pero a veces lo que más me gusta cuando me reúno con antigos compañeros de clase es recordar a aquellos que me convencieron de que esto de la traducción y la interpretación era lo mío.

¿No tenéis a nadie en mente? Yo sí.

1. Traducción: me licencié en filología inglesa en la UCM hace mil años. Matusalén puede dar fe de ello. De la profesora que más y mejor me acuerdo es de Ana Antón Pacheco y sé que no soy la única. Sus clases de literatura eran increíbles, se ganó mi admiración total el día que nos explicó Moby Dick con ejemplos de Expediente X. Consiguió que me leyera el libro y que atormentase a mi mejor amiga con la serie (aún no se ha recuperado).
Esta profesora además es traductora y no precisamente de novelas fáciles de entender o de transferir a otro idioma. Recuerdo la clase en la que nos contó que había traducido El ruido y la furia de Faulkner y oficialmente se convirtió en mi heroína.


2. Interpretación: cuando terminé el máster de traducción sabía que no quería entrar en una cabina en mi vida. No tenía dudas al respecto. Yo no había nacido para interpretar. Pero una amiga me animó a hacer un curso de interpretación para quitarme el mal sabor de boca. Acepté y mi profesor, el señor Sampere, me enseñó con infinita calma y paciencia. Un día me dijo muy serio: ¿sabes que eres buena? Ya es hora de que te lo creas. Me mando de prácticas a la embajada holandesa y descubrí mi amor por la consecutiva.
¿Qué habría sido de mi vida sin esa clase? Seguramente no habría ido por ahí como una loca con un bolígrafo, un cuaderno de tapas duras y un micrófono en el bolsillo. Todo lo que me habría perdido.
Además me dio un consejo que me sirvió de mucho, me dijo que estudiase húngaro, lo hice (un año) y me contrataron para el primer trabajo profesional como intérprete precisamente porque estaba estudiando húngaro.

No es posible dar clases magistrales todos los días, los profesores son seres humanos, se cansan y pillan catarros como todos los demás. Pero ahora que he estado al otro lado sé que les debo mucho y que me ayudaron a encontrar un camino que me encanta y del que me queda mucho por recorrer.
Yo sigo aprendiendo de mis alumnos, de los que tengo ahora y de aquellos que he vuelto a ver después del curso.

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