miércoles, 22 de junio de 2011

Tengo una reunión, ¿qué me pongo?

¿Qué me pongo para ir a una interpretación? 
Esto es algo de lo que ya he hablado en el blog, pero hoy quiero tocar este tema desde otro punto de vista, el de los asistentes a la reuniones.

Normalmente, a nosotros nos repiten que es necesario ser sobrios, no destacar, no llevar nada llamativo, ni colores fuertes, ni mega estampados. Las chicas deberíamos olvidar esos pendientes de aro gigantes que compramos después de ver un vídeo de Jennifer Lopez y dejar para los fines de semana las lacas de uñas flúor que tanto se llevan este verano. En tema calzado sabemos que cuanto más cómodo mejor, yo soy fan de las bailarinas pero sé que los tacones quedan bien siempre que no sean de aguja (por eso de no perder el uso de los pies a la mitad de la jornada). Lo que sí está claro es que las chanclas son para la playa o la piscina, no para las cabinas (aunque dentro la temperatura llegue a límites que asustarían al Krakatoa).

Esas normas básicas (y de sentido común) nos las enseñan en clase y las aplicamos en el trabajo sin siquiera pensarlo dos veces pero de repente te llevas sorpresas con los asistentes o público de la conferencia. Por ejemplo, hoy desde mi cabina (ese horno de fundición al que llamo hogar desde hace unos días) pude maravillarme de la etiqueta en el vestir de los asistentes a las conferencias. Está muy claro que a ellos no se les informa sobre lo que se puede y lo que no se debe llevar en una reunión medianamente seria. Teníamos de todo: tacones con brilli-brilli propios de una boda, mujeres con bañadores y faldas de flores, vestidos con estampados de animales salvajes....antes de que alguien piense mal, la respuesta es no, no era ese tipo de reunión, más bien todo lo contrario.
El mejor es uno de los asistentes al que ya fiché el primer día porque es el heredero secreto de Superman. Es capaz de quitarse el traje (totalmente formal y adecuado al evento) y ponerse el bañador para disfrutar de la piscina del hotel en menos de 5 minutos. En cuanto apago el micrófono desaparece y antes de que salga de la cabina ya le veo por el pasillo con el bañador y la toalla al hombro. 

Los asistentes tienen muchas ventajas que nosotros no tenemos. Está claro que a ellos no les pagan por ir (bueno, en algunas conferencias sí y en otras pagan ellos), pero pueden ir vestidos como quieran (dentro de unos límites) y sobre todo puede hacerse los suecos. ¿Qué quiero decir con eso? Otro de los asistentes ha conseguido alegrarme una ponencia complicada. El ponente se hizo un poco de lío al explicar un tema, en lugar de ir al grano se fue liando cada vez más, perdiendo el interés del público (y de los intérpretes). Al final, se extendió tanto que la jornada terminó un poco más tarde (complicando el horario piscina). Como no lograba dar por finalizada su ponencia, uno de los asistentes, oriundo del país que lleva años torturándonos con Ikea y las canciones de Abba, optó por la solución más ingeniosa que he visto en mucho tiempo: sacó el móvil (desde cabina se pudo apreciar que estaba apagado) y fingió que le estaban llamando. Muy serio se pegó el móvil apagado a la oreja y salió rápidamente de la sala. Sobra decir que ya no regresó. Seguramente estaba haciendo largos en la piscina. Pero por fin he entendido la frase "hacerse el sueco".

2 comentarios:

Esther Moreno Barriuso dijo...

¡Buenísimo, compañera! Y doy fe de que todo lo que has relatado se ciñe a la realidad más objetiva. Por cierto, zapatos brilli-brilli: zapatos de de raso color malva con un tacón donde tendría vértigo hasta nuestra Princesa de Asturias.....

Aida dijo...

Entre los tacones y el escote nos da tema de conversación en la cabina. La echaríamos de menos si no viniera.