viernes, 26 de noviembre de 2010

¿Quién se queda con el micrófono? o la relación entre ponente e intérprete

Cuando empecé a estudiar para ser intérprete recuerdo que me preocupaban los acentos de los ponentes, los términos técnicos, la complejidad de los temas a tratar. Nunca me paré a pensar en el ponente en sí. En teoría y tal y como exponen libros, cursos para ser ponente y algunos profesionales, el ponente y el intérprete deberían trabajar como un equipo, casi podría decirse que nuestra relación debería ser como la de las integrantes de un equipo de natación sincronizada. Nosotros confiamos en el ponente y él o ella no duda ni por un instante de nuestra capacidad para transmitir su mensaje en otro idioma.

En ocasiones es así. Como buen intérprete llegas antes de la conferencia, realizas la prueba de sonido con el técnico en la cabina y luego, cuaderno en mano, vas a la caza y captura de ponentes para que te cuenten cosas y así identifiques su acento, faciliten ponencias en Power Point o te aclaren dudas concretas. Algunos ponentes son encantadores, te ayudan, explican cosas, te preguntan cómo te llamas y acuerdan contigo señales para que les indiques si van muy deprisa (esto suele pasar más en consecutiva). He tenido ponentes con los que he podido hablar semanas antes por correo electrónico y en un caso, los ponentes de una conferencia internacional se pusieron en contacto con todos los intérpretes un mes antes a través de Internet en una sesión online de lo más productiva. 

Este es el modo de trabajar con un intérprete, facilitándole la información que va a necesitar para que así pueda desempeñar su trabajo y transmitir el mensaje que el ponente desea. 
Ahora bien, la realidad en ocasiones (no siempre) no es tan de color de rosa. Sé que hay gente que opinará que soy muy tajante en mi crítica pero los peores ponentes que he tenido por el momento han sido todos españoles y puedo explicar en qué baso mi comentario. En primer lugar, muchos no estaban acostumbrados a hablar en público por lo que su ponencia es en realidad la lectura (a toda velocidad) de un documento escrito que realmente no estaba pensado para ser usado en un discurso ante un público. Algunos de estos documentos sufren de un terrible ataque de "amor por las citas" o hipercultismo que suele acarrear problemas serios para el intérprete. Por mucho que lea un intérprete nunca estará del todo preparado para esos discursos en los que el ponente estima oportuno incluir media docena de citas de Esquilo y Sócrates en su ponencia sobre las medidas contra el cambio climático. Otra opción menos habitual es la del ponente que dado que no tenía una copia de las obras de Esquilo a mano en casa, se dedica a contar chistes o a saludar a los amigos que tiene en la sala y contar anécdotas que solo entienden ellos.

Dado que los ponentes de este tipo no suelen hablar en público con frecuencia, se sienten incómodos haciéndolo y tienden a hablar muy rápido (para que la cosa termine pronto) y vocalizar lo menos posible. 
Por otra parte, muchos ponentes no saben muy bien qué hacer con el intérprete (al que siguen llamando traductor incluso después de que el susodicho les explique siete veces que no son traductores de cabina) y la idea de enviarle las ponencias con un par de días de anterioridad les resulta extraña y en ocasiones inviable. Otros tienen miedo de que vendas a los espías rusos los datos de sus empresas y se niegan a entregarte nada. En esas ocasiones yo suelo proponer la opción de firmar un documento para garantizar la privacidad de sus datos (cosa que por  lo general se da por supuesta, un intérprete no puede ir contando todo lo que oye en las cabinas). 

Ahora bien, pasando ya a los casos extremos, esta semana me he enfrentado a dos de los ponentes más complicados con los que he tenido que luchar últimamente. Estos ponentes no colaboraron con nosotras, de hecho, daba la impresión de que nos consideraban sus enemigas en lugar de las personas que iban a ayudarles a transmitir información. Uno de ellos sufría una especie de fobia al micrófono. Era un micrófono de mano pero realmente no lo usaba como tal, puesto que en ningún momento lo dejó quieto o cerca de la boca. Gesticulaba mucho al hablar y el pobre micrófono no paraba de moverse, subiendo y bajando. El técnico de sonido, preocupado por esto, subió el volumen al máximo con lo que podíamos oír a la perfección el ruido que generaba el micrófono al volar en el aire en todas las direcciones. Basta decir que era molesto a más no poder y resultaba muy difícil entender lo que decía y concentrarse en la ponencia.

Después de este señor tan inquieto nos tocó uno que hizo que se me helase la sangre con su primera frase y cito textualmente: "Los traductores suelen decirme que hablo muy rápido, que les mato. A ver cuánto tardo en matar a estas dos chicas que me han puesto hoy"
No hay nada peor en este mundo que un ponente que arranca su discurso comentando que con anterioridad algún compañero le ha avisado de que habla demasiado deprisa, porque sabes que a pesar de ese aviso, el ponente va a seguir hablando igual de rápido o incluso más sin importarle un pepino si el intérprete sufre convulsiones en la cabina. No es por quejarme, pero buen hombre, si se lo han dicho es por algo, no por criticar, sino para que la próxima vez todo salga mejor.
Fue peor de lo que parecía, de hecho, ocasionalmente, algunos de los presentes en la sala echaban un vistazo en nuestra dirección para ver si seguíamos respirando y al terminar nos aplaudieron a nosotras y no a él.

Es una anécdota que parece divertida pero la verdad es que nuestro trabajo tendría mucha más calidad si los ponentes comprendiesen que estamos ahí para ayudarles, para que su mensaje llegue bien y de forma precisa. Echarnos un cable (enviando documentación y hablando a velocidades normales) les beneficia a ellos tanto o más que a nosotros. Claro que si lo hicieran, nos quedaríamos sin estas historias que contarnos pero ahora mismo, después de la jornada de esta semana, voto a favor de no tener historias que contar.


No hay comentarios: